En Español LITERATURA UNIVERSAL V
OBRAS CLÁSICAS
Una de los autores más conocidos en el mundo es FEDOR DOSTOIEVSKI, por sus dos grandes obras "CRIMEN Y CASTIGO" y "LOS HERMANOS KARAMAZOV".
Escritor ruso, nacido en 1.821 y muerto en 1.881. Lector incansable, de infancia y juventud dramátcas. Sufrió prisión por la policía rusa, fue indultado de la condena a muerte que decreteron contra él. Además de las anteriores, escribió "El jugador" y otras.
PERSONAJES.
Rodion Romanovich Raskoinikov, asesino de Ivanova;
Alena Ivanova, veja usurera;
Isabel, hermana de Ivanova;
Advotia Dunia Romanova, hermana de Rodion;
Sonia Marmeladova, mujer prostituta.
ARGUMENTO.
"Raskoinikov, el primer asesino de Dostoievsky y estudiante de Derecho, armado con una hacha y sus ideas, asesina a una veja usurera, un "piojo nútil y dañino", y a su aterrorizada hermana.
Para él, la vieja usurera Alena IVANOVA ha extorsionado, ha puesto en pública subasta el hambre y el frío de los demás. Con conocimiento de que la vieja se encuentra sola en su casa, Rodion acude en su busca, y con el pretexto de solicitarle un préstamo, se introduce en la casa. Con un hacha mata a Ivanova, pero al volverse encuentra frente a él, como único testigo de su asesinato a Isabel, la hermana de la vieja, que ha entrado y ha quedado muda al contemplar la sangre; Rodión asesta cuatro hachazos sobre su cabeza y tras apoderarse de unas alhajas que se hallaban en un cofre, trata de huir de la escena del crimen.
Unos visitantes llaman a la puerta, y el criminal contiene hasta el paso de la sangre por sus venas; mientras buscan al portero para comunicarle sus sospechas de que en casa de la usurera ocurre algo anormal.
Raskoinikov logra huir sin ser visto. Bajo una piedra del patio de una casa queda depositado el tesoro. Èl se esconde en un tabuco a solas consigo mismo, con su cruel pensamiento que lo hace vivir una pesadilla cotidiana.
La hermana de Rodion, Advotia Dunia Romanova, iba a contraer matrimonio por interés, sin amar a su compañero, con el solo objeto de ayudarle en sus estudios; éste y el hecho de que Alena Ivanova representa un punto más en la escala de los que humillan, con su repugnante negocio de usura, son los factores que deciden la muerte de la vieja.
El juez encargado de la causa sabe que se trata de Rodion, pero le deja acudir a los tribunales por su propio impuso. El factor determinante de su confesión, no es el temor, sino una mujer, Sonia Marmeladova, una prostituta, hija de un borracho imbécil y embrutecido llamado Marmeladov. Sonia le acompañará a Siberia, donde tratarán de vivir pese a la herida. Conjuntamente a estas dos figuras, hay elementos dramáticos que determinan su comportamiento. Advotia, que es asediada por el adinerado Ludzin, está dispuesta a soportarle durante toda la vida para poder ayudar a su hermano.
Libre de éste aparece Svidriagailov, de cuyos hijos es institutriz. Para amarla, ha asesinado a su mujer y ahora le persigue. Cierta noche, ambos se encuentran en casa de Svidriagailov. La muchacha se defiende con un revólver y el hombre, tomando conciencia en un momento de la profundidad de su abyección, le quita el arma y colocándola en su sien, se dispara.
También trágico resulta el problema de Marmeladov, el padre de Sonia. Es una figura brutal, típica de la pasividad. Sabiendo que ha llevado a su mujer y a su hija a la miseria, no puede levantarse de su caída. Catalina Ivanovna, la madre, tiene momento de incomprensible ternura con su hija, a la que inicia primero a la prostitución y junto a la que, una noche, se acuesta para sollozar por haberla conducido a tal estado y en señal de agradecimiento."
FRAGMENTOS DE LA OBRA.
"Llegó al cuarto. Ya estaba ante la puerta. La habitación de al lado continuaba desalquilada y la del piso tercero , bajo el de la vieja, tambíen parecía abandonada, según indicaba la tarjeta de visita que , clavada en la puerta, alguien había roto...!se habían marchado...! Le faltaba aliento. Por un instante revoloteó la idea en su cerebro.
- Y si me volviese?
Pero no se movía. Escuchó. Un silencio de muerte palpitaba tras la puerta. Se inclinó luego con ansiedad para recoger cualquier ruido de la escalera. Se recomendó serenidad y valor, se irguió, obstinado y aun volvió a cerciorarse de que el hacha pendía de su nudo.
- No estaré demasiado pálido?, pensó. No me verá demasiado agitado? Tan desconfiada como es... Quizá me conviniese aguardar un poco más... hasta que cese el estruendo de mi sangre.
Pero su corazón latió con más violencia que antes, como espantado de verse descubierto. Sin poder resistir más aquella situación, alargó la mano al cordón de la campana y tiró. Medio minuto después, volvió a llamar más fuerte.
No contestaban. Seguir llamando sería inútil y fuera de propósito. La vieja estaba en casa, sola y recelosa. Conociéndola un poco, como la conocía, sospechó su procecer en aquellas circunstancias... y aplicó el oído a la puerta. O sus sentidos se habían aguzado de pronto - cosa probable - que era realmente muy claro el ruido que percibía.
Ello es que oyó como si una mano palpase con precaución el cerrojo y el roce de unas sayas contra la madera de la puerta. Alguien. Alguien estaba escuchando detrás con gran disimulo, como hacía él, y hasta hubiera dicho que aplicaba el oído a la puerta.
Se apartó un poco y masculló una frase en voz alta, para que no creyeran que se ocultaba. Luego volvió a llamar, despacito, blandamente, sin impaciencia. Aquel momento se grabó para siempre con sorprendente viveza en su memoria. No se explicaba aquella astucia, cuando su mente se nublaba por momentos y apenas sabía donde estaba... Un instante después oyó que el cerrojo se descorría.
Como la otra vez, la puerta se abrió sólo lo suficiente para dejar pasar el brillo de los ojos penetrantes y desconfiados que lo miraban desde las tieniebles. Raskoinikov perdió la cabeza y al punto estuvo de cometer disparates...
!Buenas tardes!, Ivanova - saludó, tratando de hablar con naturalidad, pero su voz desfalleció y sólo obtuvo frases entrecortadas... !Vengo... traigo algo... pero entremos... aquí no hay luz...! Y se metió en la sala sin esperar que se le invitase. La vieja le siguió, recobrando al fin el uso de la palabra.
- !Pero, Dios mío! Qué hace usted? Qué desea?
- Ya me conoce Ivanova... Soy Raskoinikov... le traigo el objeto que le prometí el otro día...
La vieja echó una mirada rápida al objeto que le alargaban y en seguida hincó sus ojos en aquel individuo que se le metía de pronto en casa. Su rostro expresaba alarma contenida, malicia y desconfianza y aun creyó descubrir un leve indicio de burla, como si ella adivinase algo...
- Por qué me mira como si ni me conociera?, preguntó con malicia. Tome esto, si no lo quiere, lo llevaré a otra parte. Tengo prisa.
No había pensando decir esto, pero le salió con naturalidad; tanto que la mujer se tranquilizó y recobró la confianza, oyendo la voz resuelta del parroquiano.
- Pero por qué tanta prisa, señor mío?... Qué es esto? - preguntó mirando al objeto.
-La pitillera de plata de que le hablé la otra vez. Acuérdese.
Ella alargó la mano.
- !Qué pálido está usted, caramba... y cómo le tiemblan las manos! Sale del baño o qué le pasa?
- Fiebre - contestó bronco. No se puede evitar la palidez... cuando no hay nada que comer, añadió, pronunciando con dificultad.
Otra vez sentíase desfallecer, pero había dado una explicación verídica, y la vieja tomó el objeto.
- Qué es esto? - volvió a preguntar, examinando a Raskoinikov detenidamente, mientras sospesaba la prenda.
- Una... una pitillera... es de plata... Mírela!
- No parece que sea de plata...!Qué bien atada!
Tratando de deshacerse los nudos se volvió hacia la ventana, que a pesar del calor estaba cerrada como todas las del piso, y se puso un momento de cara a la luz y de espaldas al joven, que aprovechó la ocasión para desabrocharse el abrigo y sacar la destral del lazo que la sujetaba para sostenerla por encima de la ropa. Pero toda su flaqueza la sentía en las manos, entorpecidas, rígidas, y temía soltar el hacha dejándola caer.
Le invadió un súbito aturdimiento
- Pero cómo se le ha ocurrido atarlo con tanto enredo? - gruño la vieja, volviéndose impaciente contra él.
No tenía un momento que perder. Sacó la destral, la levantó con ambas manos y casi sin darse cuenta de lo que hacía, sin esforzarse, como un autómata, la dejó caer por el filo en la cabeza de la anciana. Diriase que no usó sus propias fuerzss en aquel acto, pero en cuanto cayó el hacha, recobró su energía.
La anciana traía la cabeza descubierta como siempre, con el poco pelo gris y brillante de unturas, recogido hacia atrás en una sola cola de rata que sujetaba con una peineta rota, de cuerno, que le subía por la nuca. Como era bajita, recibió el hachazo en pleno cráneo
Lanzó un grito muy débil y se derribó en el suelo como una masa inerte, llevándose las manos a la cabeza, sin dejar de agarrar el objeto. Volvió él a descargarle uno u otro hachazo en el mismo sitio y al caer el cuerpo se vertió la sangre como un cántaro se vuelca. Retrocedió él, dejándola caer y se encorvó sobre su rostro: estaba muerta. Sus ojos miraban desorbitados; en sus cejas y en todas sus facciones se había cuajado una convulsión que la desfiguraba.
Dejó la destral junto al cadáver y procurando evitar las manchas de sangre, buscó en el bolsillo de la derecha, de donde, en su última visita, había visto que sacaba las llaves.Se hallaba en plena posesión de sus facultades, libre de toda confusión y aturdimiento, aunque sus manos temblaban. Más tarde había de recordar, sorprendido, la serenidad con que procedió, cuidando en todo momento de no mancharse de sangre....Pronto tuvo las llaves, guardadas en un manojo, todas cogidas de una anilla de acero, y con ellas pasó al dormitorio, cuarto de escasas dimensiones, con un altar cargado de santas imágenes y en frente una cama grande, muy limpia, con colcha muy trabajada de retazos de seda. Entre la cama y el altar, arrimada a la pared, había una cómoda. Y cosa rara, en cuanto empezó a probar las llaves y las oyó resonar , le sobrevino un fuerte temblor y estuvo a punto de dejarlo todo para huir. Pero pasó el desmayo. Era demasidado tarde para retrocecer. Aún se sonreía a sí mismo, cuando otra idea tremenda cruzó su mente. Se le ocurrió que la vieja podía estar viva y recobrar de pronto los sentidos.
Abandonó las llaves en la cómoda y volviendo junto al cadáver, empuño el hacha, levantándola contra la vieja, pero no la descargó, porque no había duda de que estaba muerta. Inclinándose para examinarla más de cerca, vio que tenía el cráneo abierto como una granada. Quiso comprobarlo, llevando allí un dedo, pero retiró la mano porque el caso era evidente sin aquella prueba. Se lo decía el charco de sangre que se había formado. Entonces vio un cordón en el cuello del cadáver.
Probó sacarlo por la cabeza, y como si se hubiera enredado en algún obstáculo , ofreció resistencia. Impaciente, levantó el hacha para cortar el cordón de un tajo contra la carne, pero no se atrevió y después de muchas dificultades y trabajos, ensuciando las manos y la destral, logró romper el cordón, sin tocar en el cadáver con el arma homicida...
Un ruido de pisadas le llegó de la habitación en que yacía la vieja, dejándolo inmóvil, helado de terror... De pronto oyó claramente un ligero grito, como una exclamación que se ahoga en la garganta, y después, un minuto, dos minutos de silencio, durante los cuales permaneció de rodillas, conteniendo la respiración al lado del cofre. Y de repente se levantó y salió del dormitorio esgrimiento el arma.
En medio de la sala estaba Lizaveta, con un fardo bajo el brazo, mirando estupefacta, a la asesinada... Viendo que él se le acercaba con el hacha en alto, sus labios se movieron en un gesto de lastimosa compulsión, como los de un niño que tiene miedo y, a punto de romper el llanto... La destral cayó de filo, rajando todo el cráneo de un solo golpe. La desgraciada cayó pesadamente y Raskoinikov, perdiendo por completo la cabeza, se apoderó del fardo, lo levantó, lo volvió a dejar, sin saber lo que hacía, y corrió a la entrada... Un miedo horrible lo dominó después de este otro e impremeditado asesinato, y ya sólo pensó en huir de aquel lugar lo más pronto posible..."




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