Blog do Prof. FABIO: ESPAÑOL - PORTUGUÉS


29.09.2009


En Español            LITERATURA UNIVERSAL VI

                             OBRAS CLÁSICAS

Es un placer estar de nuevo contigo, estimado lector.  Te felicito porque veo que estás interesado en actualizar tus conocimientos sobre literatura universal y, de esa manera, aumentar tu cultura humanística o especializada.

La CULTURA en una persona es sinónimo de afinidad por todos los conocimientos humanos que podemos atesorar en el transcurso de la vida. Ser culto es un privilegio que se alcanza en forma lenta y progresiva a través del tiempo.  Saber algo de historia, medicina, derecho, religión, medio ambiente, geografía, física, química, turismo, medios de comunicación, filosofía, sociología, lenguas  modernas,deportes, etc., etc., representan grandes opciones para que una persona logre un nivel de cultura que le ofrece muchas opciones en la vida.

Conversar sobre diversos temas en cualquier medio o en cualquier reunión con familia, con amigos o circunstancialmente, representa una garanía de que estamos mostrando competencia y desenvolvimiento digno de una persona culta.

La Cultura se logra a través de la experiencia diaria, de la lectura constante, de la alternancia con personas de nivel intelectural, de frecuentar espectáculos postivivos diversos, de viajar por el mundo.

Volveremos a conversar sobre este tema interesante. 

En nuestra página de hoy, vamos a divertirnos mucho con un hermoso cuento de los hermanos GRIMM.  Se acuerdan de ellos?  Pues aquí van algunas breves referencias .

"JACOB GRIMM (1.785-1.863), filólogo y escritor alemán. Toda su vida se dedicó a la filología alemana, pero se hizo popular a través de los Cuentos infantiles, escritos en colaboración con su hermano Wilhelm.". Dicc. Nakal, II tomo.

El cuento escogido para ti se titula:

               

                     EL VIOLÍN MÁGICO

   Había una vez un viejo usurero (agiota), muy rico y muy avaro, y, según se susurraba (comentaba), algo ladrón.  Tenía un criado honrado y trabajador como ninguno, que se llamaba Martín.

   Todas las mañanas, el buen muchacho se levantaba el primero y por la noche era el último en acostarse.  Al mismo tiempo se le veía siempre alegre y regocijado.  Al terminar el primer año de su servicio, su amo, con el cual no había convenido salario alguno, no le dio ningún mísero ochavo (dinero), pensando que, no teniendo dinero, Martín no podría marcharse de su lado.

   Martín no dijo una palabra y no dejó por eso de trabajar como siempre.

   Al final del segundo año, tampoco le pagó su amo salario alguno, y también Martín se calló.

   Al cabo del tercer año, el amo, movido por un impulso generoso, echó mano al bolsillo para recompensar a su fiel criado; pero la avaricia le detuvo y sacó del bolsillo las manos vacías.

   Martín le dijo entonces:

- Mi amo, os he servido durante tres años lo mejor que he podido: ahora quisiera correr algo de mundo y para eso necesito dinero.  Será usted tan bueno que quisiera pagarme lo que me debe?

- Es verdad que estoy muy contento de ti - exclamó el avaro- y voy a recompensarte dignamente.  Toma estos tres ochavos nuevecitos, uno por cada año que me has servido.

   Martín, que siempre se contentaba con todo y que además no sabía el valor de la moneda, creyó que se llevaba un tesoro para poder vivir sin trabajar durante algún tiempo, así es que, despidiéndose de su amo, se fue por montes y valles, saltando y cantando más alegre que un jilguero (pájaro cantor).

   Al pasar por las inmediaciones de una espesura vio salir a un enanillo (anãozinho) anciano y muy encorvado, que le gritó:

- !Eh, alegre joven, parece que no tienes muchos cuidados!

- !Y por qué he de estar triste? - contestó (respondió) Martín.  Tengo en mi bolsillo el salario de tres años de servicio.

- Y a cuánto sube tu tesoro?

- Tengo tres hermosos ochavos nuevecitos que suenan como el oro cuando me golpeo el bolsillo (bolso).

- Oye - dijo el enano - dámelos.  Yo soy un pobre viejo que no puedo trabajar.  Tú, en cambio, eres joven y vigoroso y puedes ganar fácilmente para comer.

   Martín tenía buen corazón, se apiadó del enano y le dio los tres ochavos.

- Por haber sido tan caritativo conmigo - dijo el anciano - te autorizo a que pidas tres cosas, una por cada ochavo, y serán cumplidas sin falta.

- Eso no pasa más que en los cuentos de hadas, pero yo te pondré a prueba.  Quiero una flecha que le dé a todo aquello que apunte y un violín que haga bailar a todo aquel que lo escuche; por último, quiero que todos se obliguen a concederme la primera cosa que yo les pida.

- Bien modesto has sido en tu petición - dijo el enano, y sacó del pecho una cerbatana (zeta, flecha) y un hermoso violín.

- Toma, le dijo, dándole estos objetos. Sábete que de hoy en adelante, nadie podrá negarte la primera petición que hagas.

   Martín, cantando alegremente, continuó su camino.

   Poco tiempo después se encontró con su antiguo amo, el cual se había detenido y escuchaba el canto de un ruiseñor (rouxinol) que estaba encaramado (sentado) en un árbol.

- !Esto es milagroso! - exclamó el avaro. Parece mentira que un animal tan chico tenga una voz tan fuerte. !Con qué gusto lo tendría yo en la jaula!

- Yo puedo complaceros - respondió Martín -, y apuntando con su cerbatana, le dio, haciéndole caer atontado sobre la maleza.

- Andad, dijo Martín, coged el pájaro.

   El viejo se metió en las zarzas, abriéndose camino con dificultad.

   De pronto, Martín quizo divertirse y comenzó a tocar su violín.

   En el acto, el avaro se puso a saltar y a brincar, enganchándose en las zarzas y dejándose en ellas la barba y los vestidos, amén (además) de un sinnúmero de arañazos en la cara.

- !Ay, ay, ay! - gritaba. !Calla ese maldito violín!  Es esto un salón de baile?

   Pero Martín no cesaba de tocar, mientras decía:

- !Infame usurero, has despellejado (explorado) a tanta gente en tu vida, que no estará demás que te despellejes tú hoy!

   Y se puso a tocar cada vez más aprisa.

   El viejo, obligado a seguir el compás, daba saltos y piruetas, desollándose (lastimándose) la cara y haciéndose jirones (pedaços) el traje (vestido).

   De pronto exclamó:

- !Para, por el amor de Dios, y te daré una bolsa llena de oro que tengo en el bolsillo!

- !Dicho y hecho! - exclamó Martín, mientras guardaba el instrumento. Pero, en honor a la verdad, debo decirte que eres un bailarín de primera fuerza.

   Después, tomando la bolsa que el avaro le arrojó con gran sentimiento suyo, siguió su camino cantando alegremente.

   En cuanto se había perdido de vista, el viejo, dejando libre curso a su furor, gritó:

- !Miserable músico!, que para que valgas seis ochavos tienes que ponértelos en la boca, espera, que me pagarás lo que me has hecho sufrir!

   Después, echó a correr por atajos (atalhos), con el objeto de llegar a una ciudad inmediata, antes que Martín.

   Una vez allí, corrió a casa del juez, se puso de rodillas ante él y exclamó:

- !Justicia, señor Magistrado, justicia!  Acabo de ser maltratado y robado en el camino por un facineroso (ladrón). !Vea usted mis vestidos hecho jirones y mi cara y mis manos llenas de sangre! Me ha quitado a viva fuerza una bolsa llena de monedas de oro que representaba los ahorros de toda mi vida! !Por Dios, señor juez, haga usted que se me devuelva lo mío, o tendré que morirme de hambre!

 

- Te ha puesto así con un sable (arma)? - preguntó el juez.

- No; me ha cogido y me ha arañado con sus uñas.  El ladrón es joven y lleva una cerbatana y un violín. Con estas señas será fácil reconocerle.

   El juez envió inmediatamente sus alguaciles a las puertas de la ciudad, y bien pronto encontraron a Martín, que tranquilamente iba a entrar en ella.

   Se le prendió y codujo ante el tribunal donde se encontraba el avaro, que repitió su acusación.

- Yo no he tocado a este hombre - respondió Martín-, ni le he quitado su bolsa por la fuerza; al contrario, me ha ofrecido voluntariamente para que cesara (parasse) de tocar mi violín, cuyas notas le crispaban (alteravam) los nervios.

- !Mientes como un bellaco! - exclamó el viejo.

- El juicio ha terminado, dijo el juez.  Jamás se ha visto a un avaro dar un ochavo sólo por oír una música mala.  Señor Martín, usted ha robado en un camino real y va usted a ser ahorcado en el acto.

   El verdugo se apoderó del muchacho y lo llevó a la horca.

   Toda la ciudad estaba reunida en la plaza para presenciar la ejecución.

   Delante de todos estaba el avaro que enseñaba el puño a Martín, exclamando:

- !Ladronazo, ahora vas a ser recompensado según tus obras!

   Martín, que estaba muy sereno, subió por su pie la escalera de la horca, y al llegar a lo alto se volvió hacia el juez, que había ido a presenciar la ejecución y le dijo:

- Antes de que muera, queréis concederme un favor?

- Concedido, respondió el magistrado, siempre que no me pidas que te perdone.

- No pido tanto:  sólo quiero tocar una piececilla en mi violín.

   Al oír estas palabras, el avaro lanzó un grito de espanto y dijo:

- !Señor juez, en nombre del cielo, no se lo permitáis!

- Y por qué, dijo el juez, no he de darle esta pequeña satisfacción? !Que le traigan su violín!

- !Ay de mí!, exclamó el viejo, tratando de marcharse, pero sin conseguirlo a causa de la muchedumbre.

- Te daré una moneda de oro - dijo al ayudante del verdugo - si me atas (amarras) las piernas contra la horca.

   Pero en aquel momento, Martín empezó su tocata y el juez, el escribano y todos los asistentes, icluso el avaro, se sintieron estremecer, con unas ganas de bailar feroces; al segundo golpe de arco todos levantaron las piernas, y el verdugo bajó apresuradamente la escalera y se colocó en postura de baile.

   Martín empezó, entonces, a tocar que se las pelaba (con todo gusto) y todo el mundo a hacer cabriolas (movimientos divertidos).  El juez y el avaro estaban delante y saltaban como cabritillos (cabritos).

   Jóvenes y viejos, gordos y delgados, todos bailaban que era un contento; y hasta los perros (cachorros), de pie sobre sus patas traseras, eran de la partida. Martín aceleró el compás y entonces, la muchedumbre se hizo pedazos bailando; parecían locos; se daban porrazos (golpes fuertes) y se pisaban y todos lanzaban alaridos (gritos) de dolor.

   El juez, con la lengua fuera por la fatiga, gritó:

- !Te perdono la vida, pero calla ese violín infernal!

   Martín, encontrando la broma (piada) un tanto pesada, guardó su violín, bajó la escalera y se colocó junto al suelo para cobrar aliento.

- !Bandido!, exclamó. !Ahora vas a confesar dónde has cogido la bolsa llena de dinero que me diste esta mañana!  !Y no mientas, porque cojo (pego) otra vez mi violín y toco un galope que te parto!

- !La he robado! !La he robado!, respondió el viejo, lleno de espanto.

   El juez volvió a entrar en funciones y el avaro fue ahorcado inmediatamente. Martín continuó su camino, y aún le sucedieron una porción de aventuras; pero como no se han escrito, se ha perdido su recuerdo, lo mismo que su violín.

    

 

 

 

Escrito por Fabio Soto Caján às 10h38
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